La ansiedad invisible: cuando el cuerpo y la mente gritan en voz baja

22 DE JUNIO DE 2026 · PSICOLOGÍA

Cuando pensamos en ansiedad tendemos a imaginar una escena muy concreta: alguien que siente que el corazón se le dispara, le falta el aire y cree que algo malo está a punto de ocurrir. Esa imagen es real, pero representa solo una parte del espectro. Hay una ansiedad más frecuente y mucho más silenciosa que vive instalada en el día a día sin que la persona la identifique como tal. Una ansiedad que no llega con alarmas encendidas, sino que se cuela en forma de mandíbula tensa, de pierna que no deja de moverse, de ojo que parpadea sin querer o de pensamientos que dan vueltas sin resolverse.

Los trastornos de ansiedad son los problemas de salud mental más frecuentes a nivel global. En España afectan aproximadamente al 6,7 % de la población —más de tres millones de personas—, con una prevalencia que casi duplica a las mujeres respecto a los hombres (OMS, 2023). A pesar de estas cifras, muchos casos permanecen sin diagnosticar durante años, en parte porque los síntomas más habituales no encajan con la imagen popular del trastorno.

El sistema de alarma que nunca se apaga

Ante cualquier amenaza —real o percibida— el organismo libera cortisol y adrenalina, tensa los músculos y agudiza la atención. Es la respuesta de lucha o huida, un mecanismo de supervivencia perfectamente diseñado para situaciones puntuales. El problema aparece cuando ese sistema se mantiene activo de forma crónica sin que haya ningún peligro real que lo justifique.

En el Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), el DSM-5 describe un estado de preocupación excesiva —difícil de controlar, presente durante al menos seis meses— acompañado de síntomas como inquietud, fatiga, dificultad para concentrarse, irritabilidad, tensión muscular y alteraciones del sueño (APA, 2013). Todos ellos son consecuencia directa de ese sistema de alarma que no descansa.

Lo llamativo es que muchos de estos síntomas se experimentan de forma aislada, sin que la persona se sienta ‘ansiosa’ en sentido clásico. Simplemente aprieta los dientes, mueve la pierna o no puede desconectar la cabeza. Y eso facilita buscar explicaciones en cualquier otra dirección.

La mente en bucle

Uno de los síntomas cognitivos más característicos de la ansiedad invisible es la rumiación: ese proceso de pensamiento repetitivo, negativo e incontrolable centrado en preocupaciones futuras o en situaciones del pasado que nunca termina de resolverse. La investigación la sitúa como uno de los mecanismos transdiagnósticos más sólidos de los trastornos emocionales: está presente en la ansiedad, la depresión, el TOC y el estrés postraumático (Ehring & Watkins, 2008; Nolen-Hoeksema et al., 2008).

¿Cómo se vive desde dentro? Es la escena de ayer en el trabajo que vuelve al intentar dormir, la conversación que no salió bien y que se repasa durante horas, o la lista de pendientes que gira en bucle aunque no haya ninguna urgencia. La clave no es la intensidad del pensamiento, sino su carácter involuntario e imparable.

El bruxismo: la mandíbula que habla por ti

Apretar o rechinar los dientes —ya sea por la noche o durante el día— es uno de los síntomas físicos de ansiedad que más se pasa por alto. La relación entre ambos está bien documentada: la ansiedad implica expectación, inquietud e intranquilidad, estados especialmente vinculados a la hiperactividad muscular de la región mandibular. Cuando las emociones negativas no se procesan adecuadamente, el cuerpo las almacena en forma de tensión, y la mandíbula es uno de sus lugares favoritos (Flores-Orozco et al., 2016; García-Moreno et al., 2018).

Las consecuencias no son solo dentales. Con el tiempo pueden aparecer cefalea tensional, dolor en la articulación temporomandibular, molestias en cuello y hombros, y sensación de cansancio facial al despertar: síntomas que, de nuevo, solemos atribuir a cualquier otra causa.

El tic en el ojo, la pierna que no para: el cuerpo descarga tensión

El parpadeo involuntario del párpado, los espasmos musculares breves en brazos o piernas, la pierna que golpetea sin parar bajo la mesa… Son formas en que el sistema nervioso sobrecargado busca una válvula de escape. La ansiedad provoca una sobreestimulación del sistema nervioso autónomo que puede desencadenar estas contracciones involuntarias, especialmente cuando el nivel de activación lleva tiempo elevado (Vitae Health Innovation, 2025).

Aplicación práctica

Si identificas en ti o en alguien cercano varios de estos síntomas de forma sostenida —sin que haya una causa médica clara que los explique— merece la pena hablarlo con un profesional de la salud mental. No hacen falta ataques de pánico para que la ansiedad esté presente y afecte tu calidad de vida.

En psicología, estos movimientos repetitivos se denominan inquietud psicomotriz y están recogidos como síntoma conductual del TAG (APA, 2013). No son una ‘manía’ ni un hábito elegido: son el sistema nervioso buscando alivio ante una activación que no tiene dónde ir.

Cuánto necesitas y por qué no puedes «recuperar» el fin de semana

Para los adultos de entre 18 y 64 años, las principales organizaciones de salud establecen entre 7 y 9 horas como rango recomendado. Para deportistas con carga de entrenamiento elevada, las necesidades aumentan entre 30 y 90 minutos adicionales.

El mito de recuperar el sueño el fin de semana tiene un problema: la deuda de sueño no funciona como una cuenta bancaria. Dormir diez horas el sábado no borra los efectos metabólicos e inmunológicos de haber dormido cinco de lunes a viernes. Además, el llamado «jet lag social» —la desincronización circadiana que provoca ese patrón irregular— tiene consecuencias propias sobre el metabolismo y el estado de ánimo (Wright et al., 2013). La consistencia supera siempre al volumen puntual.

Tensión muscular, fatiga e irritabilidad: el coste del estado de guardia

La activación crónica del sistema simpático mantiene los músculos en contracción casi permanente —especialmente cuello, hombros, espalda y mandíbula— y amplifica la percepción del dolor al reducir el umbral nociceptivo (Orliman, 2019). El resultado es una fatiga física que no se explica con la actividad real del día, y una irritabilidad que surge ante estímulos que antes pasaban desapercibidos.

A nivel cognitivo, estudios con adultos con TAG muestran que cerca del 90 % reporta dificultades de concentración, que empeoran a medida que aumenta la severidad de la ansiedad (Healthline, 2020). La mente que lleva horas procesando pensamientos en bucle simplemente tiene menos recursos disponibles para otras tareas. Y cuando el cuerpo y la mente están agotados, cualquier pequeña contrariedad puede desbordar el sistema.

¿Te has reconocido en algo de esto?

La ansiedad no siempre avisa con alarmas evidentes. A veces se manifiesta como una mandíbula que aprieta sola, una pierna que no puede estar quieta o un pensamiento que no para. Reconocer estas señales es fundamental para no seguir atribuyéndolas a ‘estrés normal’ o a causas físicas sin resolver el origen. Si llevas un tiempo con varias de ellas presentes en tu día a día, puede ser el momento de buscar ayuda.

Autor

Ana Maria Bunea

Psicóloga deportiva y psicóloga general sanitaria, apasionada por la salud, el bienestar y el potencial humano. Trabajo desde un enfoque integrador y basado en la evidencia científica, combinando rigor y cercanía para adaptarme a las necesidades de cada persona. El deporte forma parte de mi día a día y de mi manera de entender la salud, el equilibrio y el crecimiento personal.

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Fuentes

American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). APA Publishing.

Ehring, T., & Watkins, E. R. (2008). Repetitive negative thinking as a transdiagnostic process. International Journal of Cognitive Therapy, 1(3), 192–205. https://doi.org/10.1521/ijct.2008.1.3.192

Flores-Orozco, E. I., Mercado-Íñiguez, A., & Balcázar-Nava, P. (2016). Síntomas de ansiedad, el manejo inadecuado de las emociones negativas y su asociación con bruxismo autoinformado. Ansiedad y Estrés, 22(2–3), 100–105. https://doi.org/10.1016/j.anyes.2016.10.003

García-Moreno, L. M., Martínez-Salgado, M., & Flores-Orozco, E. I. (2018). Modelo estructural para explicar el bruxismo desde la teoría transaccional del estrés. Ansiedad y Estrés, 24(1), 25–31. https://doi.org/10.1016/j.anyes.2018.01.002

Healthline. (2020). 11 señales y síntomas del trastorno de ansiedad. https://www.healthline.com/health/es/sintomas-de-ansiedad

Nolen-Hoeksema, S., Wisco, B. E., & Lyubomirsky, S. (2008). Rethinking rumination. Perspectives on Psychological Science, 3(5), 400–424. https://doi.org/10.1111/j.1745-6924.2008.00088.x

Organización Mundial de la Salud. (2023). Mental disorders. https://www.who.int

Orliman. (2019). Dorsalgia, un ejemplo de cómo el estrés afecta al organismo. https://www.orliman.com

Vitae Health Innovation. (2025). Dolores musculares por ansiedad: causas, síntomas y cómo aliviarlos. https://www.vitae.es

Zlomuzica, A., Manthey, A., & Margraf, J. (2016). Are worry and rumination specific pathways linking neuroticism and symptoms of anxiety and depression? PLOS ONE, 11(5), e0156169. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0156169